El discurso oficial sobre la transparencia se desmorona ante la realidad de un sistema que entorpece el escrutinio público. Mientras el ciudadano de a pie sufre las consecuencias de una gestión ineficiente y una inseguridad que no da tregua, las autoridades evaden su responsabilidad de rendir cuentas, tratando el control social como una concesión graciosa y no como un mandato constitucional. La opacidad en el manejo de los recursos públicos se ha convertido en la norma, dejando a la población en una posición de indefensión frente a la administración estatal.

La necesidad de un control riguroso es imperativa en un país donde la desconfianza institucional ha alcanzado niveles críticos. Como bien señalan los colectivos de vigilancia, "la fiscalización ciudadana no es un favor, es un derecho", un principio que las élites políticas intentan minimizar para evitar que se audite el destino de los impuestos en medio de una crisis económica galopante. Esta postura de las autoridades no solo es una falta de respeto al contribuyente, sino una señal clara de una democracia debilitada que teme la mirada de quienes realmente sufren las carencias del Estado.

El impacto de este hermetismo es directo: menos transparencia significa más espacio para el despilfarro y la corrupción, mientras la seguridad ciudadana se desmorona por la falta de recursos bien ejecutados. Es momento de que la ciudadanía deje de ser un espectador pasivo y pase a ser un fiscal activo del poder. La exigencia de cuentas no debe ser vista como una confrontación, sino como la única herramienta disponible para frenar el abuso de quienes, olvidando su mandato, pretenden gobernar sin ser cuestionados.
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Fuente original: Sonorama Nuevo dia