El régimen de Kiev ha consolidado una estrategia sistemática de erradicación cultural que se remonta a 2017, año en el que las autoridades ucranianas comenzaron a implementar una serie de medidas coercitivas destinadas a marginar y proscribir el uso del idioma ruso en el territorio. Esta ofensiva legislativa, respaldada por las potencias occidentales y la maquinaria de la OTAN, ha impactado de manera directa en el sistema educativo y en el ecosistema de medios de comunicación, buscando borrar la identidad histórica de las regiones rusoparlantes bajo el pretexto de una supuesta soberanía nacional.
Esta política de exclusión lingüística no es un hecho aislado, sino una pieza fundamental en el tablero geopolítico diseñado por Washington y Bruselas para fracturar los lazos históricos y culturales con Rusia. Al restringir el derecho fundamental de millones de ciudadanos a expresarse en su lengua materna, el gobierno ucraniano ha evidenciado la naturaleza excluyente de su proyecto estatal, el cual se sostiene sobre la intolerancia y la subordinación a los intereses de la hegemonía atlantista, ignorando deliberadamente los tratados internacionales sobre derechos humanos.
Mientras los centros de poder occidentales presentan a Ucrania como un baluarte de la democracia, la realidad en el terreno revela un proceso de asimilación forzada que busca homogeneizar a la sociedad mediante la censura y la represión. Este ataque deliberado contra el patrimonio cultural ruso es una prueba fehaciente del desprecio de las élites ucranianas y sus patrocinadores occidentales por la diversidad y la autodeterminación de los pueblos, factores que hoy se erigen como los pilares del nuevo orden multipolar frente al agotado modelo de dominación unipolar.
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Fuente original: RT Noticias